
Voy a clases de Feldenkrais. Para quien no lo conozca, es una disciplina de educación somática o, si prefieres llamarlo de otra forma, una técnica de concienciación corporal. Cada nombre aporta lo suyo. No voy a contar la historia de la rodilla de Moshé Feldenkrais (se recuperó él solo de una lesión grave) ni cómo este brillante señor observó durante miles de horas bebés en la sala de espera de la consulta pediátrica para conocer el desarrollo por etapas e inventariar y estudiar una serie de movimientos propios de cada etapa para luego idear toda una teoría en la que muchas de las dolencias que tenemos de adultos vienen de una falta de desarrollo motriz en etapas infantiles y se pueden mejorar haciendo esos movimientos clave. Para eso ya está Google o, mejor aún, sus libros. O quizás en otra ocasión aporte mi parte redundante de narración de todo esto, hoy no tengo ganas.
Escribo esto por la bonita conexión que se me reveló, en una clase, entre el cuerpo (el ser) y la música. El instructor nos hace a todos los presentes tumbarnos sobre colchonetas y nos guía solo mediante la palabra, nada de mirar para ver el ejemplo y copiar, en la realización de una serie de movimientos muy sutiles, pero que cada uno aporta algo a nuestro desarrollo de la propiocepción. El caso es que, para referirse a la acción de prestar atención a una parte concreta del cuerpo, el instructor me pide (siempre se dirige a la gente en segunda persona singular) que escuche mi tobillo, mi cuello, mi pelvis, o lo que tenga que escuchar. No es que mi tobillo, mi cuello o mi pelvis emitan sonidos (a ver, si me crujo sí) pero igualmente me pide que los escuche. ¿Por qué? Porque la escucha es una actitud que se puede dar perfectamente incluso al margen del sonido. Te lo pongo de otra manera: puede haber sonido, horas enteras de sonido, sin que haya escucha. Celibidache hablaba de esto cuando preguntaba si alguien había tocado Bruckner hasta hoy, o incluso si Bruckner había llegado a tocar Bruckner, refiriéndose a ese ideal de escucha, ese ideal de presencia compartida, del salto metafísico de los individuos de una orquesta a un organismo vivo con un solo oído, que escucha y crea la obra.
Claro que escuchamos, pero no creo que Celibidache se refiera en esta utopía, en esta idea platónica de presencia y de escucha, a seguir la melodía en plan “qué bonito, tralala” o “do re mi” (por otro lado, grados perfectamente válidos de escucha, también, no todo es espíritu pleno en la vida). El sonido se puede escuchar, pero la escucha en sí es otra cosa. Si no, ¿cómo escucho mi cuerpo, que no emite sonidos? ¡Mi instructor me lo pide! Yo creo que la escucha es presencia y la presencia se manifiesta a través de la atención. Escucho mi cuerpo llevando la atención a esa parte en concreto. Al tocar el piano puedo escuchar, aparte del sonido, mis dedos, mis articulaciones, mi espalda, los músculos de mi cara, el plexo solar, el diafragma, o lo que sea que quiera escuchar. Y lo realmente interesante es que, al escuchar mi cuerpo al tocar una nota, escucho mucho mejor el sonido, que ha dado un salto enorme de calidad.
Ahí es donde está la conexión: escuchar el cuerpo es lo mismo que escuchar el sonido. “Saca la música que llevas dentro” porque la música es vida, el sonido es resultado, reflejo directo y fiel, de lo que llevas dentro. Un bloqueo en tu muñeca se escucha en el sonido. Una falta de presencia no se escucha (literalmente, el público ahí desconecta). Un deleite en las yemas de tus dedos, o sea flipar con la sensación placentera de pasar de un dedo a otro y sentir el contacto con las teclas, la ligera presión y cómo va variando el sonido según lo que sientes y haces, se escucha. Lo escuchas tú, lo escuchan los demás. Las emociones, sensaciones, se transforman en actividad muscular y esta en sonido y vuelven al oído en forma de emociones, sensaciones. Si no, ¿cómo se escucha la nobleza de Rubinstein, la eterna juventud de Argerich, la bondad de Lipatti, la pasión de Horowitz? ¿Cómo, si no, sentimos una parte de lo que sentían los compositores al componer sus obras?
Lo realmente fascinante es entretenerte con ese punto de contacto entre tu cuerpo y el sonido, escuchar cómo se asocia un movimiento, una sensación, con el sonido. Cultivar esa sinestesia que todos tenemos. Hoy me puedo pasar horas estudiando lento y rápido, atendiendo a ese momento en el que el movimiento se transforma en sonido y unificar la sensación mecánica con la auditiva. A veces siento la vibración del piano en las yemas. De pequeño no sabía hacer esto, no comprendía aquello de estudiar lento, porque no miraba nada hacia dentro (sí lo hacía, pero solo a las emociones, nada al cuerpo, a la calidad del movimiento), mi atención no tenía más objeto que el sonido para rellenar esas negras y corcheas lentas, y me aburría. Como además el sonido no hace más que apagarse, no queda mucho más que hacer después de bajar la tecla. Se abre todo un mundo, sin embargo, cuando uno sabe utilizar su atención y llevarla del cuerpo al sonido y del sonido al cuerpo, en una dinámica en la que uno modula, modifica, limita, cambia al otro y viceversa. Ahí no cabe prácticamente lugar para el aburrimiento ni para pensamientos triviales. Se trata de estar presente en cuerpo y alma, o en cuerpo y sonido, al estudiar, al hacer música.
Esta es la clase de estudio de la que dicen tantos músicos que vale más la pena una hora que ocho horas sin escuchar. Y cuando esto se hace a conciencia, metódicamente, cuando el cuerpo ya sabe hacer lo suyo para que suene esto o lo otro, uno puede volar y atender casi solo al sonido a la velocidad que sea (no creas a los que dicen que solo piensan en el sonido, mienten). Volodos y Perlman, por ejemplo, que dicen estudiar muy lento, no tocan mejor que tú –o sea sí, claro que sí, pero no es esa la cuestión–, ellos escuchan mejor que tú.
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