Antes de empezar a leer, quiero que veas este corto vídeo:
Se trata de un pequeño experimento que mide tu poder de concentración. En fin, como no puedo hacer demasiado spoiler por si tus ojos han barrido brevemente la pantalla antes de pinchar en el enlace lo discutimos más abajo.
A los 15 años empezó mi prolongada etapa friki de ver un montón de vídeos de pianistas y de músicos en general. Te hablo de la época pre-YouTube (parece prehistoria, ¿verdad?), en la que uno (yo) esperaba con mucha ansia que se completara en el eMule (Ares, eDonkey, etc., había que buscarse la vida) la descarga del vídeo de Pogorelich en no se qué castillo, Celibidache dirigiendo Bruckner, Kissin tocando el tercero de Rachmaninov, Zimerman tocando las cuatro baladas de Chopin y un larguísimo etc. Eso después de gastarse la paga en discos y dvds en la tienda que había al lado de mi casa. Llené mi biblioteca de vídeos, me formé con ellos. Horas enteras viéndolos, muchas veces. Muy interesante eso, cómo ha cambiado el consumo, la escucha, con las plataformas en streaming. Uno veía vídeos hasta sabérselos de memoria, escuchaba discos (¡leía las carátulas!) hasta conocer todos los detalles. Había una especie de compromiso con el objeto comprado (o descargado con mucho “esmero”), que ha ido menguando con el te-lo-pongo-todo-en-bandeja de Spotify e YouTube. Pero bueno, quizás hable de eso en otro momento.
Me encantaría por un momento volver a esa etapa y descubrir qué era lo que veía en los vídeos. Porque seguro, seguro, no veía lo mismo que ahora. Hay magia en la atención dirigida, uno cambia de enfoque y ve lo mismo totalmente con otros ojos. En los últimos años, la vida me ha, digamos, dirigido la atención hacia la técnica. Por una lesión tuve que replantear desde los cimientos todos los movimientos que hago al tocar el piano. Me enseñaron el enfoque Taubman, lo que me ha ayudado a volver a tocar con libertad y a tener mucha más conciencia del movimiento. Ahora, por vicio casi, escruto los vídeos en busca de los movimientos que les permiten a los pianistas que les suene el piano de cierta manera. Soy consciente de que igual pierdo otras cosas en la experimentación al enfocarme en la técnica ‒es inevitable, la atención es limitada‒ pero sé también que tengo muchos más recursos para indagar en la producción del sonido. Cada cosa nueva que aprendía en este proceso me acaparaba la atención.
En la entrada anterior hablé de algunos conceptos, como rotación, forma neutra, walking arm y contacto, que para mí son fundamentales para un movimiento fluido y eficiente. Aquí vuelvo a tocarlos, apoyándome en vídeos.
La rotación del antebrazo (pronosupinación si prefieres vocabulario de “entendidos”) fue de lo primero que aprendí. O sea, sabía que existía, pero no la utilizaba más allá de bajos Alberti y octavas partidas. Incluso para estos casos tardó en encenderse la bombilla. Recuerdo que en grado medio tocaba la Patética de Beethoven y de lo más patética era mi sensación muscular en el trémolo de la izquierda. Cuando me tomé en serio la rotación empecé a fijarme muchísimo en eso al ver vídeos. ¿Sabías que Sokolov, por ejemplo, es un maestro de la rotación? Mira atentamente este vídeo e intenta identificar las rotaciones que hace:
Se ve especialmente bien en el pasaje cromático de floreos Mi♭ Re Mi♭ Mi♮ Re♯ Mi Fa Mi Fa etc. También se ve en las escalas, en el paso del pulgar. Yo no lo veía antes. Veía “lo rápido que se mueve”, “la energía de sus movimientos”, “lo suelta que está su mano”, pero no la rotación en concreto. Si no lo sabías y lo acabas de descubrir, lo verás a partir de ahora en los vídeos de Argerich, Lupu, Rubinstein, etc… Once you see it you can’t unsee it. Por cierto, ahora que ha llovido palabras, ¿has visto al gorila del vídeo del principio? Mucha gente lo ve, por lo visto, según los comentarios. Yo de verdad que no lo vi la primera vez, después no pude dejar de verlo.
Otro concepto fundamental del enfoque Taubman, el walking arm, también lo empecé a identificar en muchos pianistas. Perahia, Schiff, Rubinstein, etc. Rubinstein, en tempi que no son rápidos, mueve el antebrazo en absolutamente cada nota. Fíjate en esta introducción del concierto en Sol menor de Saint Saëns:
No mires a los dedos, mira cómo el antebrazo sube y baja en cada una de las notas (también mira a ver si cazas la rotación, bien pequeña, bien eficiente, en la bajada en acordes partidos de la derecha). Es la famosa técnica del peso. Es muy característico de Rubinstein. Llámalo walking arm, llámalo peso, llámalo «vibración», llámalo técnica rusa o enfoque Taubman, da igual, son distintos nombres para lo mismo. Cuanto más rápido, más se minimiza el movimiento hasta desaparecer en tempi rápidos, donde los dedos toman el relevo y el antebrazo funciona más como un soporte. La próxima vez que en clase un niño mueva el antebrazo en cada nota no se lo corrijas “para que trabaje el dedo” solo regúlalo. A Rubinstein se le mueve hasta la cabeza (un poquito, es casi inapreciable) en cada una de las notas del principio, pero en la justa medida, como reacción, como parte de un conjunto integrado que es. ¿Acaso lo corregirías?
“Pero si parece que no hace nada”. Madre mía, cuantos ratos de frustración y fascinación a la vez al ver, de adolescente, el movimiento inteligente de pianistas experimentados tocando lo mismo que yo con diez veces menos esfuerzo (y diez veces mejor sonido). Ya que estamos con Rubinstein, todos estos vídeos suyos de mayor (Chopin 2, Grieg, aparte del Saint Saëns, por ejemplo) son una enciclopedia de coordinación refinada, de economía, de sabiduría en la planificación del movimiento. Eso no es nada fácil, por eso algunos tocan a esos niveles, pero el primer paso es identificarlo sin ese halo infranqueable de misterio. Se trata de una de las grandes enseñanzas de Chopin, mantenerse la mayor parte del tiempo en la “posición de referencia”, que a mí me gusta llamar también “forma neutra de la mano”:
Lo complicado es, entre todas esas notas que tocamos, cultivar esa forma y no alterarla demasiado. Eso se hace conjugando una serie de parámetros que aquí es imposible detallar. Hay que alinearse bien (hablaré largo y tendido de la alineación próximamente, stay tuned) implicar en la medida adecuada distintos grupos musculares, ser un maestro del timing (me gusta decirlo en inglés porque refleja mucho mejor el aspecto temporal de la coordinación), o sea moverse en el momento más adecuado, sin anticipar absurdamente, sin redoblar el esfuerzo, sin ser redundante en la acción (soltar, no insistir en apretar con fuerza la tecla). Esto es lo realmente complicado de tocar el piano, conseguir esto a distintas velocidades (¿recuerdas las marchas de la entrada anterior?). Pero bueno, cuando veas un vídeo de Radu Lupu tocando Mozart, aparte de contagiarte del buen rollo que transmite su cara, piensa que “parece que no hace nada” se puede enriquecer con “se mueve cuando hay que moverse” y “mantiene su mano cerca de la forma neutra sin hacer cosas raras”.
Lo último ya, el contacto. No hay que explicarlo demasiado. Imagínate que estás descansando. Seguro, seguro, que en todas las imágenes que te vienen a la mente de “estar descansando” hay una gran parte de ti que está en contacto con alguna superficie que la sujeta. En la cama todo el cuerpo está apoyado, las piernas, la pelvis y la columna ya no tienen que soportar el peso, los músculos se pueden desconectar (si quieren, que a veces ni así, y hay que inducir la relajación, y a veces así tampoco, los músculos son muy suyos). La idea es que el descanso es entregarse a la gravedad, no ir en contra de ella. A través del contacto uno juega con la gravedad a su favor, no va en contra de ella. El contacto regula la tensión isométrica de la que hablaba en la entrada anterior. Lo mejor de todo es que, bien enseñado, lo puede entender a la perfección un niño. Mira el vídeo de este pequeño, pero experimentado pianista. Los dedos que no tocan rozan la superficie de las teclas, descansando sobre ellas.
Los ejemplos pueden seguir con tantos detalles como uno esté dispuesto a estudiar de la técnica pianística o del arte de hacer música en general. Se pueden ver vídeos de muchas formas. Lo importante, creo, es ampliar, expandir el foco para poder aprender de los mejores maestros. Si eres un joven pianista, es muy posible que en tu camino se crucen distintos profesores que te digan cosas a veces contradictorias, o cosas que no conectan contigo, o cosas erróneas también, todos los profesores somos humanos y erramos, la mayoría con las mejores intenciones. Pero tener la oportunidad de comprobar aquello que piensas que se debe hacer, o se puede hacer, de cierta manera, acudiendo a documentos audiovisuales de pianistas experimentados, es muy valioso. Te da tranquilidad y argumentos. Además, aprender a ver para aprender a tocar te da acceso a enseñanzas no disponibles, muchas veces, en las aulas de un conservatorio (yo, como profesor de un conservatorio, no osaría anteponer mis enseñanzas a lo que Rubinstein enseña sin enseñar en sus vídeos).
La próxima vez que veas un vídeo de un pianista, no cuentes solo los pases del equipo blanco, intenta ver también el gorila. Por cierto, ¿has visto el colibrí de la esquina superior derecha del vídeo? Es broma, no había ningún colibrí. ¿O sí?
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