La técnica del miedo

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El miedo es un mecanismo de preservación de la vida. Por tanto, dios me libre de intentar eliminarlo de la ecuación haciendo una apología de la temeridad o algo parecido. No hay que tenerle miedo al miedo (gran frase sacada de una de las películas de Harry Potter). Pero sí pienso que hay que entenderlo para saber cómo funciona y cómo se manifiesta.

Digamos que hay dos modos básicos de funcionamiento del cuerpo. En inglés queda mejor porque los angloparlantes se han currado un juego de palabras. Por un lado, está el modo “rest and digest”, o sea digerir y descansar, que describen el estado corporal propio del descanso, del bienestar, de la recuperación, controlado por el sistema nervioso parasimpático. Por otro lado, tenemos “fight, flight or freeze” o sea luchar, huir (flight viene en este caso de flee, no de fly) o congelarse, que son tres respuestas posibles ante un peligro o una amenaza, estado fisiológico en el que se activa el sistema nervioso simpático. Ahí tenemos, por tanto, una rima para el descanso y las tres efes para reaccionar ante el peligro.

Lo que interesa aquí es ver lo que ocurre en el cuerpo en el modo fff, que está relacionado con el miedo. Imagínate una gacela perseguida por un león. La lucha está descartada. Lo que le queda es huir y si consigue escapar, genial. Pero si el león la atrapa, puede fingir su muerte (freeze, congelarse), que es un recurso para engañar al depredador. Este, si no la engulle en el momento y deja la cena para más tarde, se puede confiar y en un descuido la gacela sale disparada y salva su vida. Congelarse también es otro recurso para el sigilo: no mover ni un pelo para no ser descubierto si te estás escondiendo. Una situación muy distinta se da cuando el amenazante y el amenazado más o menos en condiciones de igualdad: ahí, el cuerpo se prepara para la lucha.

Tanto en la lucha como en la huida ocurren en el cuerpo cosas similares. La sangre fluye más hacia los miembros superiores e inferiores, para huir o para golpear. Además, los músculos del abdomen y del tórax se tensan más. En el tórax para preparar la respiración rápida y profunda para una mayor oxigenación de la sangre y en el abdomen para “acorazar” de alguna forma el cuerpo, para proteger los órganos internos de los posibles impactos.

Lo realmente interesante de esto es el orden en el que ocurren estas cosas. Para mí fue un gran descubrimiento algo que leí, cuando estaba investigando sobre la distonía, en uno de los libros de Joaquín Farias. Él explica –parafraseo de memoria– que al ver un león (o un tigre, no me acuerdo exactamente, vamos, un depredador temible) el cuerpo echa a correr instantáneamente y que después ya el individuo experimenta la emoción del miedo. Básicamente, esta información cambió para siempre en mi percepción el orden de las cosas. Siempre había pensado –y me apuesto que muchos de los que están leyendo esta entrada también– que la emoción iba antes y que la reacción corporal iba después. Pero esto no va en una sola dirección. Si bien es cierto que las emociones sí provocan reacciones en el cuerpo, la otra dirección es muy real también: los movimientos del cuerpo provocan emociones.

Empecé a investigar un poco más y por lo visto esto ha sido bastante estudiado desde hace tiempo. Ya en el siglo XIX la teoría de James-Lange –citada por Farias– inició este debate, que llevó a revisiones y ramificaciones[1], pero lo que más interesa son sus aplicaciones, que se han derivado de distintos estudios. Algunos ejemplos:

  • Riskind (1984) encontró que los individuos recordaban más acontecimientos negativos de su vida cuando estaban sentados en una posición encorvada, y más acontecimientos positivos cuando estaban sentados en una posición erguida.
  • Strack et al. (1988) demostraron que la activación de los músculos de la sonrisa (pidiendo a los participantes que sostuvieran un bolígrafo entre los dientes) hacía que los participantes juzgaran los dibujos animados como más divertidos que cuando la sonrisa era inhibida al sostener el bolígrafo entre los labios.
  • Cuddy et al. (2012) encontraron que, cuando las personas permanecían de pie o sentadas durante 7 minutos en una «posición de poder» (diferentes formas de extensión del cuerpo), obtenían un mejor desempeño en una entrevista de trabajo simulada posterior.
  • La inyección de toxina botulínica (bótox) en los músculos que fruncen el ceño puede mejorar de forma significativa los síntomas depresivos en pacientes, como se ha demostrado en un ensayo controlado aleatorizado realizado por Wollmer et al. (2012). Esto es porque el hecho de no poder fruncir el ceño de alguna forma inhibe muchas emociones negativas[2].

Vemos en estos ejemplos cómo ese orden es alterado claramente, cómo el movimiento se pone en un primer lugar de la secuencia, como generador de emociones. Vamos a relacionarlo ahora con el piano.

El miedo, en los escenarios fight, flight, freeze, significa mayor tensión en toda la musculatura, pero en la técnica pianística esto tiene muchas más implicaciones. Algo que no siempre se tiene en cuenta al enseñar es qué hacen los dedos que no tocan. Mi suposición es que el miedo a tocar otras notas aparte de las que hay que tocar lleva muchas veces al pianista (y demasiadas veces debido a consejos explícitos de los profesores) a mantener los dedos elevados. Este es, para mí, el punto central de la técnica del miedo. Este razonamiento pobre “asegura” al pianista que solo va a tocar las notas correctas. Ok, pero ¿a qué precio? Y otra pregunta: ¿lo consigue? Lo que ocurre al mantener los dedos elevados es que todos los músculos involucrados en el movimiento de los dedos y de la mano se congelan a través de una tensión isométrica (hablé un poco de ello en otra entrada, iso = igual, metro = longitud) que compensa la falta de apoyo vertical.

Para mí, ese congelarse se parece demasiado a la gacela congelada o al ratón sigiloso que no mueve ni un bigote. Aquí uno puede pensar, con razón, que la comparación es inapropiada, que no hay tal peligro, que todos sabemos que fallar una nota no es lo mismo que luchar por la vida, que mantener los dedos congelados en el aire no se hace con la misma emoción que la de un ratón sigiloso, que es, comparado, básicamente inocuo. Pero me temo que eso se puede matizar bastante.

Si los movimientos influyen en las emociones y la congelación tiene que ver con el miedo, ¿no es una consecuencia lógica que congelar la mano induce el miedo? Vamos, que no temes por tu vida al tocar el piano, vale, pero estás alimentando un miedo sutil, permanente que, además, pone el foco en la nota falsa (planifica, invoca el fallo). Es una pescadilla que se muerde la cola.

Lo contrario a eso es la tranquilidad que da saber que tienes el poder, el control, saber que los dedos van a bajar la tecla si se les da la orden de bajar la tecla y que si rozan ligeramente la superficie no es suficiente para que baje. Por tanto, un gran paso para combatir el miedo al tocar (no hay absolutamente nada de metafórico en esto) es cultivar el contacto con las teclas. Mucho se ha escrito sobre el equilibrio en el contacto con el teclado. Una lectura reciente para mí, On piano playing de Abby Whiteside, lo describe bastante bien: una sensación hacia abajo del brazo superior (hasta el codo) combinada con una ligera sensación hacia arriba del antebrazo y la muñeca (es absolutamente necesario, igual que cuando estamos de pie, que una parte del cuerpo desafíe la gravedad, si no, todo colapsa). Esto hace posible que los dedos que no tocan caigan en la superficie del teclado sin bajar las teclas, cuya tensión superficial es más que suficiente para que los dedos –no el antebrazo y la muñeca– reposen tranquilos. El contacto con las teclas proporciona descanso a todos los dedos inactivos, que tienen que permanecer inactivos y no tiesos de la tensión en el aire. El contacto con el teclado, en esta posición de equilibrio (nunca fija, más que una posición sería una actitud, una tendencia), permite un descanso que nunca va a proporcionar mantener los dedos en el aire. Para comprobar esto es tan fácil como tocar cualquier nota con un dedo y comparar lo que sientes (en la mano y en el cuerpo) al mantener los otros dedos elevados o al tenerlos en contacto con las teclas.

Mantener los dedos en el aire, aparte de la congelación, busca desafiar la gravedad, que es otro aspecto fundamental de las respuestas ante el peligro, o sea del mecanismo del miedo. En la huida precisamente se busca desafiar la gravedad, correr rápidamente para no ser alcanzado. Como dije antes, esto solo se puede hacer con mucha más tensión muscular. Esto, obviamente, con unos músculos más potentes se puede aguantar mejor y por más tiempo. Además, el repertorio pianístico ofrece una gran diversidad de situaciones donde precisamente hay que desafiar la gravedad, donde hay que correr y tensar. Pero todo depende de la dosis. Los brazos se pueden mantener elevados, es una posibilidad del ser humano. Pero no se puede sostener demasiado. Se puede levantar y bajar una silla sin problema, pero se sufre si se tiene que mantener la silla elevada durante cinco minutos. Si uno se acostumbra a desafiar la gravedad en pasajes donde otra alternativa es posible, cuando llega el pasaje de octavas en fortísimo el cuerpo está agotado y no rinde igual. Si uno desafía la gravedad levantando los hombros por costumbre (baja los hombros, baja los hombros, baja los hombros, mantra habitual de las clases de piano) está desperdiciando energía y causando problemas donde no debería haberlos.

Si la gravedad es la ley omnipresente de este universo en el que vivimos, ir en contra de ella es básicamente ir en contra del universo. Pero hay, además, algo parecido a la gravedad, valga la comparación, en tu cuerpo: su forma neutra. Si dejas tu mano en reposo, esta tiene una forma. Si abres los dedos o los levantas te estás alejando de esta forma neutra y en cuanto relajas, chacháááán, la mano vuelve a su forma neutra. Es como la manzana que cae al suelo, solo que en este caso la manzana son esos dedos que abres y el suelo, la gravedad, es tu cuerpo, tu centro, tu forma neutra, natural. Por tanto, aparte de luchar contra la gravedad, oponerse al universo, es igual de nocivo para tu virtuosismo luchar contra tu cuerpo, alejarte y mantenerte lejos de tu forma neutra. ¿Ejemplos de esto? Anticipaciones absurdas con los dedos en distancias que tiene que abarcar el antebrazo, falta de control en los nudillos que hacen que colapse la estructura y obligan a los dedos, al antebrazo, a todo tu cuerpo a compensar, espalda encorvada, presión redundante, falta de control del punto de producción de sonido y un largo etc.

Esto no es sencillo, igual que no te fue sencillo aprender a andar de bebé. Se trata de controlar qué, cuándo y cuánto hay que tensar. Se trata también de tener una mayor conciencia de la estructura y la optimización del esfuerzo aprovechando dicha estructura (piensa en estar de pie, hay músculos posturales cuya activación, en combinación con una alineación vertical de los huesos, de la estructura, minimizan el esfuerzo y liberan otros músculos para otras funciones). La clave está en aprender a moverse en función de tu cuerpo, de su forma neutra y de la relación de este cuerpo, tu primera “gravedad”, con la gravedad universal. Saber cuándo luchar en contra y saber cuándo utilizarla a tu favor. Oponerse separa, entregarse unifica. La próxima vez que alguien te diga que toques sin miedo, la clave puede estar mucho más en la revisión de la actitud de tus dedos, manos y brazos en el movimiento que en una emoción separada de lo físico.

El propósito de esta entrada era dar otro enfoque a aspectos del movimiento ya tratados anteriormente y que seguiré tratando. Espero haber podido aportar algo acerca de la importancia de los movimientos y su relación con las sensaciones, las emociones. Creo que queda mucho por explorar y por conocer cómo se relacionan estos dos mundos solo aparentemente separados. Conocer que los movimientos mismos generan emociones y que no es solo al revés me ha ayudado enormemente a enfrentar dificultades. De hecho, he podido lidiar con una distonía focal (un nombre un poco más temible del miedo, un miedo enquistado, automatizado en patrones de movimiento), a partir del movimiento, a partir de la forma y el ritmo en los cambios de forma de mi cuerpo dentro de la gravedad.


[1] https://www.simplypsychology.org/what-is-the-james-lange-theory-of-emotion.html

[2] Fuente: Frontiers in Psychology – “Embodied emotion concepts: How generating words about the body influences emotion concepts” (2014). Disponible en: https://www.frontiersin.org/journals/psychology/articles/10.3389/fpsyg.2014.00508/full

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